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Magdalena Balcellls, ASIPLA

No existen soluciones milagrosas para el cuidado del medioambiente

Por Magdalena Balcells, gerente general de ASIPLA (Asociación Gremial de Industriales del Plástico).

Todos los días nos vemos enfrentados a una oferta cada vez más amplia de “empaques amigables con el medio ambiente, compostables, libres de plástico”, y así, un sin número de atributos que suenan demasiado maravillosos como para ser ciertos. 

Si bien, desde ASIPLA estamos convencidos de los enormes beneficios ambientales presentes en las distintas soluciones e innovaciones que se han desarrollado en los últimos años, también sabemos que no existen soluciones milagrosas ni únicas para resolver un problema tan complejo y urgente como la creciente generación de residuos de empaques de productos de consumo masivo. Por lo mismo, es fundamental que los consumidores seamos capaces de distinguir las verdaderas soluciones –aunque sean de alcance acotado-, para no ser víctimas del greenwashing, y al mismo tiempo, tomemos conciencia del impacto que generan en el medio ambiente nuestros patrones de consumo.

Hoy disponemos de varias aplicaciones fabricadas a partir de materiales biodegradables o compostables que contribuyen a una gestión de residuos más sostenible, pero es importante entender qué son y cuándo son realmente un aporte en la lucha contra la generación de residuos.   

Para partir, es importante aclarar que lo que conocemos como plásticos compostables son materiales que forman parte de la amplia familia de los “bioplásticos”, que, a su vez, está compuesta por resinas que tienen la componente biológica en su origen (biobasados), en su fin de vida (biodegradables/compostables) o en ambos. 

En términos conceptuales entenderemos entonces que los plásticos biobasados son aquellos polímeros que se originan a partir de recursos renovables, como el maíz, la caña de azúcar o la celulosa, independientemente de cómo se comportan en su fin de vida. Por otro lado, entenderemos por biodegradabilidad el proceso bioquímico durante el cual los microorganismos presentes en el medioambiente transforman los materiales en sustancias naturales como agua, dióxido de carbono y compost, para lo cual existen hoy distintas normas científicamente reconocidas y homologadas en Chile, como la NCh3398 y NCh3399.

Ahora bien, la complejidad de los bioplásticos radica en que la propiedad de biodegradación de un material no depende del origen de éstos, sino que está ligada a su estructura química. Por lo tanto, un plástico 100% biobasado puede no ser biodegradable y un plástico 100% de origen no renovable puede biodegradarse por completo.

Desde un punto de vista de mercado, hoy en día existen alternativas de bioplásticos para gran parte de las resinas plásticas convencionales que se utilizan para la fabricación de envases. Sin embargo, a nivel mundial -e incluyendo aquellos de origen no renovable-, su producción representa menos del 1% de los más de 357 millones de toneladas de resinas plásticas tradicionales que se comercializan globalmente al año.

Lo anterior, sumado a sus altos precios (de tres y hasta cuatro veces el costo de resinas tradicionales) y sus cualidades técnicas que no son idénticas a las de los plásticos tradicionales en lo que se refiere a conservación de alimentos, resistencia de empaques y barreras mecánicas, hace que los plásticos compostables o plásticos certificados, como se les conoce en la nueva Ley de Plásticos de Un Solo Uso (PUSU), sean una alternativa con un alcance acotado o para aplicaciones de nicho.

Retomando nuestro planteamiento inicial, queremos reforzar la idea de que para enfrentar la crisis climática,no existen soluciones que resuelvan todo de una vez. Es así como, de cara a la implementación de la Ley PUSU, tiene sentido pensar en el plástico compostable como una buena alternativa para aplicaciones de nicho -como es el caso de los envases de comida preparada o comida para llevar-, ya que, al contener esos alimentos por un breve periodo de tiempo, las propiedades del material compostable son suficientes para conservarlo.  Adicionalmente, por el uso que se les da, estos envases terminan con una gran cantidad de restos orgánicos de comida, por lo que el paso natural y más sustentable es llevarlos a un flujo de compostabilidad en lugar de reciclarlos, que es lo que se plantea para los envases que están regulados por la Ley REP, que fomenta el reciclaje y valorización de los residuos de envases y embalajes. 

De esta manera nos encontramos con dos herramientas y soluciones para distintos tipos de residuos, que son complementarias, pero completamente excluyentes, por lo que es clave para el éxito de ambas políticas públicas resguardar que los flujos de reciclaje y compostaje no se mezclen, ya sea a través de etiquetas o mecanismos de diferenciación por colores.  

Adicionalmente, para que esto funcione de la manera virtuosa que acabamos de describir, es fundamental acelerar la instalación de un sistema organizado de separación de residuos orgánicos y generación de infraestructura para el compostaje industrial en nuestro país.

En definitiva, se requiere de la colaboración de todos los actores para avanzar en patrones de consumo sustentables, pero, sobre todo, de la transparencia y entrega de información veraz por parte de las empresas que ponen en el mercado productos cuyo fin de vida es el compostaje. Aquí no se trata de ser o no ser de plástico, se trata de reducir la generación de residuos y cuidar efectiva y coherentemente el medioambiente.